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AGRICULTURA PROTEGIDA: EL FUTURO BAJO TECHO

La horticultura protegida cobra relevancia en México, al convertirse en la impulsora de cultivos de alto valor como el tomate, pimientos, chiles y pepinos de exportación

AGRICULTURA PROTEGIDA: EL FUTURO BAJO TECHO

En sólo dos décadas, México pasó de menos de 300 a más de 53 mil hectáreas de cultivos protegidos, consolidando una industria estratégica que alimenta a millones. Es la principal exportadora de vegetales a Estados Unidos, lo que genera empleos pero que enfrenta desafíos como el arancel al tomate.

Alfredo Díaz Belmontes, director general de la Asociación Mexicana de Horticultura Protegida, A.C. (AMHPAC), traza la historia y futuro del sector de manera entusiasta, al hablar a fondo sobre esta forma de producir cultivos altamente apreciados en México y en el extranjero, por su calidad y por la rentabilidad que les genera a los productores.

¿QUÉ ES?
La agricultura protegida es un sistema de producción agrícola que utiliza estructuras físicas —como mallas, techos plásticos o invernaderos—para crear microclimas controlados que favorezcan el desarrollo óptimo de los cultivos.

A diferencia del campo abierto, este modelo protege a las plantas del clima extremo, plagas y enfermedades, al tiempo que optimiza recursos como el agua y los fertilizantes, cuyo objetivo es elevar el rendimiento, mejorar la calidad y garantizar cosechas constantes durante todo el año.

Uno de los sistemas más comunes es la malla sombra que protege a los cultivos del exceso de radiación solar, viento y lluvia intensa, ampliamente utilizada para hortalizas de hoja, flores y plantas ornamentales.

La inversión es menor comparada con un invernadero, pero ofrece beneficios importantes en zonas de calor extremo. También se emplea en viveros para el endurecimiento de plántulas y manejo de trasplantes.

Los invernaderos de plástico son otra categoría central; en ellos, se cubren
completamente los cultivos con polietileno o materiales similares para conservar calor, evitar la entrada de plagas y controlar temperatura, humedad y ventilación.

Estos pueden ir desde estructuras simples con ventilación natural hasta sistemas altamente sofisticados que utilizan control automático de clima, riego por goteo y sensores, entre otros adelantos tecnológicos, que permiten el ahorro de insumos, la sanidad y sostenibilidad.

Según el nivel de tecnología instalada, los sistemas de agricultura protegida se dividen en baja, media y alta tecnología. Los de baja tecnología cuentan con estructuras básicas sin automatización. Los de mediana tecnología incorporan riego tecnificado, control de humedad y ventilación forzada. Los de alta tecnología, en cambio, operan con sistemas automatizados, inteligencia artificial, monitoreo remoto y trazabilidad digital.

También están los viveros tecnificados que representan una categoría especializada.

En estos se producen plántulas, condiciones óptimas desde la germinación, controlando variables como luz, temperatura y humedad.

Estos espacios son clave para garantizar sanidad vegetal y establecer cultivos más resistentes en campo o invernadero, sistemas —malla sombra, macro túnel, invernadero o vivero— que son expresiones de la agricultura protegida: una evolución que transforma la forma de cultivar en México.

EL TEMA MERCADO GLOBAL
La consolidación de la agricultura protegida mexicana no se explica sin mirar al norte. El mercado estadounidense, principal destino de nuestras exportaciones hortícolas, ha cambiado radicalmente en dos décadas.

“En 2015, el 70 % del tomate consumido en EE. UU. era de campo abierto; solo el 5% era protegido”. pero hoy, del 90 al 95% del tomate vendido en autoservicios estadounidenses es de producción protegida.

Ese cambio en los hábitos de consumo obedece a una demanda creciente de productos sanos, inocuos y sostenibles. “Después de la pandemia, todos empezamos a cuidar más lo que comemos”.

“Las frutas y verduras repuntaron… la gente busca alimentos higiénicos”, extiende a otros nichos, como el de suplementos alimenticios, que pasó de 10 mil a 50 mil millones de dólares en EE. UU. tras la pandemia.

En ese contexto, México se convirtió en proveedor natural. Actualmente, más del 82% de la producción nacional de tomate, pepino y pimiento se exporta, y el 96% de esas exportaciones van a EE. UU. y Canadá.
“Somos muy vulnerables. Todo lo que no se va a exportación es por detalles mínimos… manchas, calidad, cosas pequeñas. Nuestro modelo de negocio es exportar”, señala el líder de AMHPAC.

RETOS Y NUEVOS DESTINOS
La amenaza del arancel al tomate ha sido un llamado de alerta, ya que por años, los horticultores mexicanos dependieron casi exclusivamente del mercado estadounidense. “Siempre hemos sido vulnerables, pero nos quedamos en la zona de confort”.
“Llevamos muchos años exportando a EE UU., y eso nos acomodó”, reconoce Alfredo Díaz, ya que el 96 % de las exportaciones agricultura protegida termina en supermercados norteamericanos, lo que deja poco margen ante una posible crisis comercial.
Esa amenaza, sin embargo, ha generado una reacción positiva: buscar nuevos mercados. “Este golpe nos está obligando, ahora sí, a salir, pues ya no es una opción, es una necesidad estratégica», subraya el directivo de AMHPAC.

La Asociación ha desplegado una ofensiva comercial internacional que incluye misiones en Japón, Europa y Asia, donde los productos hortofrutícolas mexicanos tienen gran aceptación por su calidad y trazabilidad.

En febrero de este año, una delegación mexicana participó en el evento internacional Foodex Japan con resultados alentadores: «Nos fue muy bien, ya que vimos nuestro tomate, que representa alrededor del 66% de nuestra producción; tiene mejor calidad que el que ofrecen competidores como Corea del Sur”, afirma Díaz.

EL FUTURO
El crecimiento de la horticultura protegida ha sido espectacular, pero no está exento de desafíos, de los cuales uno de los más urgentes es el relevo generacional. “La mayoría de las empresas hortícolas son familiares, y muchas no están preparadas para el cambio de estafeta”, advierte Alfredo Díaz.
Por eso, AMHPAC se ha planteado una misión paralela: formar nuevos líderes. “Estamos por lanzar un programa de jóvenes horticultores con una universidad especializada del sector. Queremos capacitar a la nueva generación que tomará las riendas en los próximos años”, revela.
Además del conocimiento técnico, se busca profesionalizar la gestión empresarial y promover una cultura de innovación. “Nuestros agremiados tienen tecnologías que ni en Estados Unidos existen”.
“Estamos a la par con Holanda, que es el papá del invernadero. Nuestros productores son verdaderos empresarios con visión global”, enfatiza Díaz, pero esa excelencia necesita relevo, talento fresco, innovación constante… y un entorno que facilite en vez de obstaculizar.
Ahí entra otro reto mayúsculo: la mano de obra agrícola. En regiones clave como Sinaloa, Baja California o Querétaro conseguir personal calificado y suficiente para las labores intensivas de horticultura es cada vez más difícil.

MANO DE OBRA
“Estamos ya batallando con la mano de obra y tenemos que hacer atractiva esta industria para que la gente se quede. Y también pensar en la automatización inteligente, en herramientas de agricultura 4.0, en la digitalización del campo”, apunta el líder de AMHPAC.

En paralelo, la inseguridad y la falta de certidumbre jurídica complican la inversión en nuevas áreas. Aun así, la agricultura avanza. Hoy, los casi 300 productores afiliados a AMHPAC trabajan en más de 10 mil hectáreas, generan decenas de miles de empleos directos e indirectos, y aportan miles de millones de pesos en valor agrícola; base que, bien manejada podría ser el ancla de la agricultura mexicana del siglo XXI.
Alfredo Díaz lanza una afirmación rotunda: “Si logramos diversificar mercados, meter valor agregado, capacitar a los jóvenes y modernizar la legislación… esta industria va a crecer aún más. Pero si no lo hacemos nos vamos a estancar, y México no se lo puede permitir”.

Por Amado Vázquez Martínez